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Te estoy viendo ahora; desnudo, profundamente dormido en mi cama. Es el cuadro furtivo y desvergonzado de un rey muy joven. Hay una mano tendida hacia el vacío, como esperando que alguien la bese, y otra encorvada ligeramente sobre el pecho. Todos los músculos están relajados y tu cuerpo entero da la impresión de no tener peso. Apenas una porción de sábana se desliza por encima de la cadera, cubriendo tu sexo. Cada detalle desborda sensualidad: ese mechón de pelo que cae sinuoso hasta tu nariz, la boca entreabierta y expectante, tu exhibicionismo inocente. Empiezo a sentir una embriaguez que me incita a redescubrir tu sabor, pero ¿quién soy yo para interrumpir el descanso del rey?. Estás tan en paz y sos tan libre en tu mundo que sería un crimen devolverte a la realidad. Voy a tocarte únicamente con los ojos, hasta que despiertes.
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Hace tiempo habíamos asumido nuestra condición incestuosa. Ella como Eva, la madre de todos, la dadora de vida, y yo como Caín, el príncipe corrupto, semilla de la rebeldía.
Cada vez que nos besábamos sabíamos
que era el beso prohibido de madre e hijo, la conexión mas pura que
pueda existir. Yo la llamaba con inocencia, ofreciéndole mi cuerpo
virgen, y ella me poseía, me volvía sabio, me enseñaba y me hacía
madurar. Y así como su sabiduría y su fuente de vida eran
inagotables, también lo eran mi ignorancia, mi inocencia y mi
juventud.
Nuestro sexo se encontraba
furtivamente y con desenfreno. La prohibición que la anti-naturaleza
había impuesto a nuestro amor nos hacía regocijarnos cada vez que
derribábamos los templos en nuestro vaivén licencioso. Queríamos
destruirlos, destruir todo lo que el no-hombre había erigido, todas
las mentiras con las que los hijos de Adán pretendían aplacar
nuestra naturaleza humana. Malditos anti-hombres, esclavos eternos de
las soberbias deidades de la represión, destinados a beber mierda de
por vida del culo de dios.
Encontrábamos tal morbo en burlar a
esos dioses decorosos que ya no éramos Edipo y Jocasta. Ya habíamos
revelado nuestros nombres, Eva y Caín. Porque Adán fue sólo una
excusa, un prototipo, la arcaica herramienta para moldear al
verdadero hombre, al matador de dioses, con el que Ella estaba
destinada a compartir la eternidad, en una fornicación de nacimiento
y destrucción infinita. Porque Adán, egoísta Adán, cobarde Adán,
no quería morir. Adán y su amor impuesto a su mujer, Adán y su
patético amor a los dioses, Adán no hubiera comido si Eva no le
hubiera ofrecido el fruto con sabiduría. Pero Caín, oh verdadero
legítimo príncipe Caín, valiente y varonil Caín; Caín no tiene
miedo. Caín comería hasta hartarse, y con regocijo, del fruto de su
madre.
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Su cuerpo desbordaba sensualidad,
de los pies a la cabeza. Era como una diosa de la fertilidad
regándome de abundancia, haciendo madurar todo en mi. La curva entre
sus hombros desnudos y su cuello era mas irresistible que cualquier
fortuna. El contorno de sus brazos se remontaba hasta descender en
sus manos suaves y templadas, manos expertas que me poseían hasta el
paroxismo, mientras el pecho me invitaba a comer de un banquete
inagotable, como un niño que se colma obteniendo el néctar del seno
de su madre.
Su cara cautivaba, tan
imperfecta, llena de vida. No era el rostro excelso de un dios
majestuoso, la fría cara de lo inalcanzable. No, este era un rostro
que tentaba a placeres primitivos, a la vida, a los sentidos, no a la
abnegada abstinencia de los santos. Era un rostro bello, de una
belleza humana.
Los pies, delicados, torneábanse
a medida que ascendían, en una piernas voluptuosas y apetecibles que
encontraban unión en su sexo, el placer último, la invitación al
fruto prohibido, al sabor del placer carnal y terreno. Mas arriba, en
su vientre, guardado por su cintura esbelta y sus anchas y atractivas
caderas -dispuestas para tal fin-, se encontraba el centro de mi
mundo, la fuente de vida, mi morada final. Llamándome, aguardándome,
invitándome a volver a casa, repitiendo mi nombre, "vuelve a
casa", "abraza a la muerte", porque vida y muerte son
una sola cosa, no hay una sin otra, ella es la mater y la parca, ella
me trae al viaje, y ella me va a sacar de él. Porque así como la
muerte no es muerte si no hay vida que segar ¿de qué valdría una
vida que no encuentra final?
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