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miércoles, 6 de enero de 2016

El homo sedentes



EL HOMO SEDENTES

   Cuentan que hace muchos años, cuando el ser humano todavía era nómade, existía una extraña raza de seres que nacía esporádicamente en distintas tribus del temprano mundo de los homínidos. No tenía un lugar de origen determinado, era uno de cada cien, y, como los tigres blancos, no sobrevivía demasiado.

   Este particular espécimen se caracterizaba por su gusto de estar sentado, a diferencia de sus contemporáneos caminadores, y cada vez que uno nacía se hacía notar por su habilidad para estructurar rudimentarios muebles y su capacidad de estar largas horas dibujando la tierra.

   Cuando la caza se agotaba y la tribu se marchaba, el excéntrico primate continuaba cabizbajo en su asiento (que habría de confeccionar con rocas talladas) dibujando, viviendo de los distintos artrópodos que se le acercaban y el agua de alguna lluvia.

   A pesar de que no eran comunes, permanecer en el mismo sitio los hacía ser asiduamente visitados por varios de los grupos que se movilizaban en busca de alimento. Como no había tiempo que perder ningún miembro adulto se le acercaba, pero en lo que duraba su paso por el campo de visión quedábanselo mirando hasta que el cuello les reclamaba descanso. Un solo homo sedentes podía ser visto por cientos de tribus incluso después de muerto. Estos especímenes continuaron surgiendo hasta la desaparición del homo erectus en el paleolítico medio y marcaron una huella genética en la mente del neanderthal y el homo sapiens-sapiens.

   Es por esto que en los pueblos de provincia del mundo moderno, cada vez que un transeúnte se sienta a leer en alguna plaza el resto de los ciudadanos circundantes, estén a pie o en automóvil, gira mecánicamente el cuello para examinar curioso al estático lector.



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