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sábado, 5 de julio de 2014

Sergio quería matar. Lo sentía. Las ganas habían vuelto.
Siempre lograba sosegarlas. Se ocupaba, intentaba sentirse útil, pero al final siempre era igual.
La mente de Sergio era como un arma. Mataba todo lo que tocaba. Había muy pocas cosas contra lo que no disparara.
Porque cada vez que intentaba agarrarle el gustito a algo, su cerebro encontraba la forma de hacerle ver era asqueroso y sin sentido.
Hasta la fecha había empezado varias carreras, trabajado en muchos lugares y tenido muchas mujeres. Pero indefectiblemete todos morían de cáncer y eran enterrados bajo kilos de basura. Como un nene que no sabe cuidar sus mascotas.
Incluso cada vez que Sergio intentaba contar su propia historia, su cerebro calibre veintidos asesinaba cualquier posible desenlace. Construía grandes estructuras, veía patrones en todo, hilaba dioramas, se llenaba de esperanza planificando y proyectando. Pero tarde o temprano llegaba una bola que demolía todo. Porque Sergio era un agente de destrucción. Y su maldición era que no podía encontrar placer en destruír porque de pequeño le habían enseñado que sólo lo que construye es bueno, que la muerte es mala, y que dios todopoderoso uno y trino creo todo en un plan perfecto y tiene un destino para todos nosotros que se entrelaza perfectamente como el final de una novela de Sherlock Holmes, donde todos son felices y el amor es la mayor virtud, donde todos nos encontramos en el cielo y pasamos una eternidad de placer.
Pero esa no era su verdad. Esa era la verdad de su madre, que tenía miedo de que toda la vida miserable que no se animaba a cambiar fuese en vano. Quería hacer dos por uno, sacarle rédito a su conformismo.
No, Sergio no era un santo destinado al cielo. Era un ángel, sí. Pero un ángel de la muerte, del apocalipsis. Un ángel que termina, que degrada, que pone término.
¿Qué tiene eso de malo? ¿Cómo es posible que se hagan cosas nuevas si lo viejo no se quema? La materia no se destruye, se transforma. Mientras queden cosas viejas no se pueden crear nuevas. Alguien tiene que cerrar el ciclo para que pueda volver a empezar.
Pero eso nadie lo entendía. Algo tan simple, algo que la naturaleza nos enseña día a día, y nadie podía verlo.
Y mientras todos trataban de mantener vivo lo viejo, Sergio mataba en secreto. Intentaba desenchufar los cables que mantenía vivos a todos los viejos del hospital. Por eso en el barrio le pusieron de apodo 'eutanasia'.
Y el podría vivir perfectamente tranquilo, haciendo su trabajo, pero ¿cuál es el problema?
Como dije antes, le enseñaron que matar estaba mal. Le hicieron odiar la muerte, tenerle miedo. Odiar y temerse a sí mismo. ¿Cómo puede tenerle miedo a la muerte si él era su hijo predilecto?   
Y así vivía Sergio, con miedo y odio. Y era algo que nunca cesaba, porque lo que odiaba y temía estaba con él todo el tiempo, porque era él.

Un día como cualquier otro, Sergio conoció a una mujer. Era una mujer muy blanca y fría. De ella irradiaba una luz extraña y fascinante, como la luz de luna sobre el río.
Ella dormía en un parque con pasto verde como el de las tumbas.
Ni bien la vió, Sergio se quedó embelesado. Al principio no se animaba a hablarle, pero de a poco fue juntando valor y se le acercó. La mujer olía a flores marchitas.
Era muy rara. Estaba quieta, casi sin respirar, totalmente desnuda. Sergio pasó sus manos nerviosas por su cara y comprobó que estaba hecha de mármol, frío como una lápida.
Siguió recorriendo la pálida figura femenina, tratando de no incomodarla ni propasarse. Aunque con cada caricia ella temblaba, dandole pie a seguir, y cada vez le dejaba acercarse mas a sus partes mas íntimas.
Sergio estaba maravillado. Jamás había sentido nada igual. Empezó a acariciar los pechos de la mujer y observó como ésta empezaba a excitarse con el tacto de sus manos. Por su entrepierna bajaba tímidamente un fluído de un aroma enloquecedoramente tentador.
Pero cuando estaba a punto de abalanzarse del todo sobre ella, vió que la mujer abría los ojos.
-Hola. -se animó a decir Sergio-
-Hola ¿Quién soy?
-¿"Quién soy"?. ¿No querrás decir "Quién sos"?
-No. Yo ya sé quién sos. Es difícil no saberlo, sos demasiado transparente y ruidoso.
-Pero ¿Y yo cómo voy a saber quién sos, si recién te conozco?
Entonces la mujer sacó un cincel y un martillo:
-¿Y esto para qué es?
-Es para que me conozcas. Tenés que golpearme con eso para sacarme pedazos.
-¿Y no te duele?
-Me duele mucho, pero me gusta también. Lo que no duele no sirve, y así es mas rápido.
Y como Sergio confiaba mucho en ella y creía que era sabia, le hizo caso.
La mujer se dió vuelta, mostrándole sus nalgas redondas y voluminosas -Empezá por acá. -dijo, mientras las separaba y dejaba el ano al descubierto.
-¿Así? -preguntó Sergio mientras apoyaba el cincel en el agujero.
-Ah... -la mujer gimió excitada al sentir el frío metal en su piel de mármol.
Sergio lo tomó como un sí y golpeó con el martillo.
-¡Ah!
-¿Te duele?
-Sí... pero me encanta.
-A mi también me gusta mucho.
-Seguí, entonces...
Y Sergio golpeó y golpeó. Con cada golpe, la mujer se sacudía encantada y caían de ella pedazos de mármol, dejándola al descubierto. Cada capa que caía era más opaca que la anterior.
-Ah... estás erecto... ¿Mi culo te gusta?
-Mucho... no puedo evitarlo.
-No tengas vergüenza, podés masturbarte viéndome si querés.
Al principio se sintió apenado, pero al ver que los ojos de ella devoraban ávidos el espectáculo onanista se dejó llevar por el placer de sus manos sin parar de cincelar el ano con fuerza.
Él estaba descontrolado. Ella por otra parte no parecía tan fuera de sí. Era como un titiritero que maneja con placer el acto, pero sabiendo desde luego el final.
La coda estaba cerca. Lo apretaba con fuerza pidiendole sin palabras que golpeara mas fuerte y él ya no pensaba en nada que no fuera en llegar.
-Ah... ahora... venite
-Sí... sí.
Sergio entendío. Mientras el orgasmo los sacudía vertió todo su esperma venenoso en el ano de la mujer.
Ella se vió complacida. El semen recorría el mármol nalgas abajo, y Sergio vió como tenía un efecto corrosivo que pulía a la mujer y la hacía todavía mas hermosa.
Después de un rato, ya mas tranquilos, la mujer lo interpeló:
-¿Volvés mañana?
-Sí -dijo él.
Y se tiraron extasiados en el pasto.