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viernes, 23 de mayo de 2014

Un día en la vida de los Power Rangers


Estaba totalmente fatigado. Me habían dado una paliza en la ciudad, y para llegar a la Base de Pruebas tuve que recorrer y escalar acantilados toda el día. Una vez allí, el Maestro, complacido, reconoció mi avance. Se percató inmediatamente de mis cambios, como ahora era una persona mas feliz y afable. Nuestro vínculo se afianzó en un momento.
Cuando llegamos a la casa de chacra donde se iban a hacer los nombramientos de la Orden yo estaba que me caía de cansancio. Se lo dije al Maestro y el pareció ver en mi fatiga algo que yo no. De cualquier manera en el entrenamiento me apalearon una vez mas. Aunque él remarcó que yo hubiera podido pasar sin problemas el obstáculo de los vidrios.
Terminado el entrenamiento, recorrimos los recovecos del complejo. Una maravillosa estructura que se movía con galerías y terrazas entre los acantilados del desierto de Rojal-ladrí. Más adentro estaban la cocina y los lugares comunes a los que nadie presta especial atención. Para figurarse cómo es, imaginen cualquier sindicato, museo o casa pública de ciudad chica, de esas que se hacen en hogares antiguos. Siempre hay algún pasillo descuidado o una habitación llamada simplemente "la cocina", aunque sólo sea el lugar para calentar la pava y lavarse las manos.
Pasaba yo por una de éstas para sacarme el óxido de las manos y volver a mi excursión. Vi unos cigarrillos pero decidí no tocarlos.
Cuando estaba saliendo me encontré con Alejandro. Qué hermoso era. Tenía debilidad por el muchachito. Era capaz de obtener cualquier cosa de mi sólo con un gesto.
-Vení que te muestro el salón.
Le di un beso en la mejilla y lo dejé guiarme. El salón estaba pasando otro pasillo descuidado, pero con un ventiluz arriba que le daba una atmósfera verdosa, y algunas plantas haciendo juego.
-Che, mi grupo estaba de excursión, tal vez debería volver.
-¿Qué pasa, no te gusta la arquitectura?
-Me encanta. Me encantan los edificios. Si los edificios fueran personas me los "follaría".
-¿Cómo sabes que no lo son? Mirá.
En la mesa está escrito un nombre, que parece sumerio o algo así, con números raros.
-Tal vez sea un mito alimentado por los mismos estudiantes, pero la Casa hace tiempo parece intentar comunicarse. Deja mensajes por todos lados.
-Pero eso no puede ser. La vida de los edificios justamente recide en que le concierne a los humanos. Ellos determinan el nacimiento, muerte y cambios de la arquitectura. Si una casa se comunicara, por definición dejaría de serlo.
-Eso pensaba yo. Pero han aparecido mas cosas que no dejan de intrigarme.
La situación olía a soundtrack. Mientras me preguntaba a mi mismo por qué me había elegido de confidente, de la nada apareció alguien exactamente igual a Alejandro, saludandolo como si fuera lo mas natural del mundo y sin dar mucha importancia a mi presencia. "¿Son gemelos?" digo o pienso, y en seguida me percato de lo estúpido de mi pregunta. El hermano que hablaba conmigo era el mas prolijo, usa pantalón con suéter y es mas varonil. Su hermano (supuestame el canónico) es mas afeminado y viste informalmente. "Siempre me tocan gemelos", pienso en un cóctel de gracia y frustración.
Disfrutaba de lo inusual de la situación cuando aparecieron mis padres sacando fotos en la ventana. Venían con Suki. Pero... se ve diferente. Tiene estravismo, los pechos mas chicos, y un cuerpo mas recatado. Parece mas inocente. No es la Suki que conozco. Me acerco con extrañeza.
-¿Suki?
Suspira.
-Fo... siempre lo mismo... sólo porque tengamos caras parecidas no significa que seamos la misma persona...
Empieza a quejarse cabizbaja con tristeza e indignación. Comprendo de inmediato.
-Hola, soy Justo ¿cómo te llamás?- interrumpo su voz con un abrazo fuerte.
Al principio no habla, pero de a poco acepta mi tacto.
-...Juli.
-Hola, Juli. Un gusto conocerte.
Se siente bien, es dócil y tierna, y parece estar feliz de que alguien la distinga de su hermana.
-...¡Sí! ¡Juli! ¡Juli! ¡Juli! ¡Juli! -repite, como no pudiendo creer que alguien de hecho la considere.
Empieza a besarme frenéticamente, para mi sorpresa. La freno pero me tiene atrapado. Está fascinada.
-¡Ey! ¡Pará!- me tapa la boca con sus besos.
No parece entender y francamente empieza a debilitar mis defensas.
-Esperá. Tranquila.
Le acaricio el pelo despacito, para calmarla. De a poco cede pero me mira sin comprender, como si fuera eso lo que todo el mundo ha querido de ella.
-Pasa que tengo novia.- Le explico.
Entiende, dócil, y se abraza a mi. Todo el lugar redunda en relevancia. La escena es dantesca.
El sol empieza a caer, inundando el desierto rosado de la ventana con tonos naranja, mientras ella descansa en mis brazos.
Los Alejandros presencian el espectáculo con
simple indiferencia. Todo sabe a final, pero la Casa observa los eventos como parte de una compleja trama ya orquestada de antemano.

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