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viernes, 14 de junio de 2013

Eva y Caín




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Te estoy viendo ahora; desnudo, profundamente dormido en mi cama. Es el cuadro furtivo y desvergonzado de un rey muy joven. Hay una mano tendida hacia el vacío, como esperando que alguien la bese, y otra encorvada ligeramente sobre el pecho. Todos los músculos están relajados y tu cuerpo entero da la impresión de no tener peso. Apenas una porción de sábana se desliza por encima de la cadera, cubriendo tu sexo. Cada detalle desborda sensualidad: ese mechón de pelo que cae sinuoso hasta tu nariz, la boca entreabierta y expectante, tu exhibicionismo inocente. Empiezo a sentir una embriaguez que me incita a redescubrir tu sabor, pero ¿quién soy yo para interrumpir el descanso del rey?. Estás tan en paz y sos tan libre en tu mundo que sería un crimen devolverte a la realidad. Voy a tocarte únicamente con los ojos, hasta que despiertes.


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Hace tiempo habíamos asumido nuestra condición incestuosa. Ella como Eva, la madre de todos, la dadora de vida, y yo como Caín, el príncipe corrupto, semilla de la rebeldía.

Cada vez que nos besábamos sabíamos que era el beso prohibido de madre e hijo, la conexión mas pura que pueda existir. Yo la llamaba con inocencia, ofreciéndole mi cuerpo virgen, y ella me poseía, me volvía sabio, me enseñaba y me hacía madurar. Y así como su sabiduría y su fuente de vida eran inagotables, también lo eran mi ignorancia, mi inocencia y mi juventud.

Nuestro sexo se encontraba furtivamente y con desenfreno. La prohibición que la anti-naturaleza había impuesto a nuestro amor nos hacía regocijarnos cada vez que derribábamos los templos en nuestro vaivén licencioso. Queríamos destruirlos, destruir todo lo que el no-hombre había erigido, todas las mentiras con las que los hijos de Adán pretendían aplacar nuestra naturaleza humana. Malditos anti-hombres, esclavos eternos de las soberbias deidades de la represión, destinados a beber mierda de por vida del culo de dios.

Encontrábamos tal morbo en burlar a esos dioses decorosos que ya no éramos Edipo y Jocasta. Ya habíamos revelado nuestros nombres, Eva y Caín. Porque Adán fue sólo una excusa, un prototipo, la arcaica herramienta para moldear al verdadero hombre, al matador de dioses, con el que Ella estaba destinada a compartir la eternidad, en una fornicación de nacimiento y destrucción infinita. Porque Adán, egoísta Adán, cobarde Adán, no quería morir. Adán y su amor impuesto a su mujer, Adán y su patético amor a los dioses, Adán no hubiera comido si Eva no le hubiera ofrecido el fruto con sabiduría. Pero Caín, oh verdadero legítimo príncipe Caín, valiente y varonil Caín; Caín no tiene miedo. Caín comería hasta hartarse, y con regocijo, del fruto de su madre.




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Su cuerpo desbordaba sensualidad, de los pies a la cabeza. Era como una diosa de la fertilidad regándome de abundancia, haciendo madurar todo en mi. La curva entre sus hombros desnudos y su cuello era mas irresistible que cualquier fortuna. El contorno de sus brazos se remontaba hasta descender en sus manos suaves y templadas, manos expertas que me poseían hasta el paroxismo, mientras el pecho me invitaba a comer de un banquete inagotable, como un niño que se colma obteniendo el néctar del seno de su madre.
Su cara cautivaba, tan imperfecta, llena de vida. No era el rostro excelso de un dios majestuoso, la fría cara de lo inalcanzable. No, este era un rostro que tentaba a placeres primitivos, a la vida, a los sentidos, no a la abnegada abstinencia de los santos. Era un rostro bello, de una belleza humana.
Los pies, delicados, torneábanse a medida que ascendían, en una piernas voluptuosas y apetecibles que encontraban unión en su sexo, el placer último, la invitación al fruto prohibido, al sabor del placer carnal y terreno. Mas arriba, en su vientre, guardado por su cintura esbelta y sus anchas y atractivas caderas -dispuestas para tal fin-, se encontraba el centro de mi mundo, la fuente de vida, mi morada final. Llamándome, aguardándome, invitándome a volver a casa, repitiendo mi nombre, "vuelve a casa", "abraza a la muerte", porque vida y muerte son una sola cosa, no hay una sin otra, ella es la mater y la parca, ella me trae al viaje, y ella me va a sacar de él. Porque así como la muerte no es muerte si no hay vida que segar ¿de qué valdría una vida que no encuentra final?


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